No es esta la primera vez que relacionamos Añover con Don Miguel de Cervantes y Don Quijote, tenemos una publicación en el blog, clica en el enlace: Añover y el Quijote, de Alfonso Mantero Galán.
La relación de hoy se la debemos a la imaginación de Ricardo, en una obra sorprendente en la que el personaje, Don Quijote, desafía a su creador y cuenta su propia historia, una obra fresca y divertida.
La obra
Don Quijote y la añoverana.
Personajes: Miguel de Cervantes, Don Quijote de La Mancha y Sancho Panza.
Vestuarios: Cervantes de negro con su cuello y puños cervantinos. Don Quijote con su ropa habitual, su escupo y su lanza, y Sancho Panza estilo campesino.
Objetos: Una hoja tipo pergamino, una pluma para Cervantes. El bigote de Don Quijote tiene que ser postizo para poder quitárselo en medio de la función y una rosa.
En la calle se encuentra Miguel de Cervantes, simplemente pasea por Añover disfrutando de una tarde soleada con su pluma y su pergamino en la mano. Observa las fachadas con las manos a la espalda. Denota tranquilidad y pocas prisas.
De repente, de la nada, aparece frente a él el mismísimo Don Quijote de La Mancha, que claramente estaba buscándole y empieza a dialogar con él.
―¡A quién tengo el gusto de encontrarme por estos páramos rurales! ―exclama Don Quijote.
Cervantes, asombrado, mira su pluma y su pergamino
para ver si había escrito su aparición en escena y no comprende nada al ver que la hoja está en blanco.―¿Qué hace vuestra merced aquí? Yo no le he mencionado en esta escena. Vos no debería aparecer en este momento.
―Ya no es menester. Debe saber, que mi personaje ha cogido sus propias riendas y ahora es mi persona quien dirige la historia donde y cuando quiera.
Cervantes sorprendido vuelve a mirar su hoja. Pasados unos segundos de negación, deja los utensilios sobre la acera y le observa de arriba a abajo con atención.
―Ahh ¿sí? Entonces, ¿ahora viajáis por vos mismo? ¿Ya no precisáis de mi para campar por los anchos campos de Castilla?
―Efectivamente.
―¿Y por qué sigue llevando la misma armadura vieja y anticuada con la que yo os engalané? ―camina mientras lo mira dándole una vuelta completa― ¿Por qué mantenéis la misma lanza? Y mas decir, ¿por qué conserváis la misma edad que yo os puse?
Don Quijote se queda pensativo.
―Para que me reconozcan; de otro modo, pensarían que sería cualquier campesino espigado y no un caballero llamado a defender a los débiles, socorrer a los oprimidos, castigar a los malvados ―(clama al cielo alzando la lanza)―. Mas, en adelante, ya no llevaré Bigote ―(se lo arranca al ser postizo)―. Y si ha reparado, ya no cabalgo a mi gran equino: para los más mozos (mira a algún niño entre el público y se dirige a él), mi caballo, Rocinante.
Cervantes se queda mirando hacia donde mira Don Quijote, el público.
―Mas, ¿a quién habláis?
―¡Al público!
―Vuestra merced está más loco que nunca. ¡Aquí no hay nadie! Yo solo trataba de pasear sosegadamente por este lugar y ni eso puedo.
―Que no hay nadie dice ―Don Quijote sonríe a la gente y después se vuelve de nuevo hace él―. Ya os he dicho que yo ahora también puedo crear mis propias historias. Trabajo por mi cuenta.
Cervantes da una vuelta por la escena tratar de entenderlo todo.
―Esto jamás lo hubiera imaginado. El protagonista de mi gran novela, de mi mayor éxito. El libro más traducida a lo largo y ancho de este mundo, después de la biblia. El caballero del que todos hablan… revelado ante su creador. Mas decidme, ¿qué deseáis?
―Venía a reprenderos.
―Anda… ¿Y qué causa os mueve?
―Por no querer narrar en su novela, esa de la que tanto presume, o mejor dicho, en MI novela, mis amoríos con la añoverana.
―No sé de qué me habláis.
―Sí lo sabéis.
Cervantes se queda pensativo.
―Vuelvo a decirle que no tengo noticia de lo que habla. Vos siempre estuvisteis enamorado de Dulcinea del Toboso.
―Antes; lo que os digo fue antes.
―No alcanzo a entenderos. Además, que no estoy para sones. Le repito, yo solo deseo caminar tranquilo. Contádselo a otro que le interese.
―Pues si vos no quiere escucharme, haced aparecer a Sancho Panza. Se lo relataré a él con mucho gusto.
―Mas ¿no dijisteis vos que ya contabais sus propias historias? No me necesitareis a mi para nada.
―Y así es; pero hoy no traje pluma alguna.
―Está bien.
Cervantes recoge el pergamino y la pluma y escribe: “Sancho Panza camina distraído por la calle y se encuentras a Don Quijote”.
Entra Sancho en la escena.
―¿Qué hacen vuestras mercedes juntas en este lugar? ―les pregunta a verlos.
―Yo solo le he hecho aparecer, mas a mí no me digáis nada. El Quijote desea hablar con vos.
―De acuerdo. No menester es que sea tan brusco, yo solo preguntaba. Que también puedo yo ser descortés y deciros que mudéis un poquito de vestimenta que ya despide hedor y que desprendiese vos de tanto cuello de aquel raro que parece no tener otra cosa.
―Eso era lo que se usaba, y bien está ―contesta tocándose el cuello de la camisa―. Céntrense en la escena. Yo me quedaré aquí en un segundo plano.
Cervantes retrocede varios pasos y Don Quijote y Sancho Panza comienzan a dialogar:
―Ven, acércate mi buen escudero, Sancho Panza. Quiero contarte mi aventura por estas tierras elevadas.
Sancho se coloca a su lado y le contempla con admiración.
―Hace muchos años de esto, muchos muchos. Tantos que aun el que ahí está sentado ya no acuerda ―(mira con desprecio a Cervantes)―. Transitaba yo con Rocinante por los cauces del río Tajo en su camino hacia Toledo cuando viere una gigante montaña que se perdía a lo alto del ojo humano. Osado de mí, emprendí la subida. Era una elevación incalculable y las curvas hasta la cima, espantosas.
―¿No exagera un tanto? mi señor Don Quijote.
―En manera alguna. Y aún te diré más: mi equino estuvo a punto de perder la vida en tal empeño. Mas al llegar a lo alto pude contemplar con asombro y regocijo, las hechuras de este pueblo que ahora visitamos. Permanecí aquí por días. Subí a un cerro alejado habitado por un ser de muchos brazos al cual vencí con mi lanza sin apenas resistencia. Tras la batalla, lavé mi cuerpo en las aguas curativas de un manantial que aquí se halla. Pasee por sus calles, por la plaza de la iglesia, la plaza chica, visité sus tabernas. Hasta que, una mañana, conocí a una moza que me encandiló con su belleza y su peculiar hablar.
―Hermoso es cuanto decís.
―Así fue; mi corazón quedó prendido de aquella doncella añoverana al mismo momento que la vi.
―¿Y qué sucedió? ¿Por qué jamás me hablasteis de ella? ¿Cuándo quebró tal romance?
Cervantes se levanta y se acerca también con cierto interés ya que la historia no deja de sorprenderle y pregunta:
―Eso, ¿Qué fue lo que aconteció para ese desamor?
Don Quijote se encara con Cervantes que ahora si quiere intervenir.
―A vos nada he de deciros; retiraos al segundo plano.
Cervantes se retira varios pasos de nuevo, pero siempre con la oreja puesta.
―Los varones de estas tierras no eran tan corteses. Sucedió que, una tarde, me sacaron de la posada donde dormía, cogiéndome entre más de cincuenta hombres. Todos eran fornidos y lustrosos. Lleváronme sin pregunta alguna hasta un pozo de agua del cual no se veía el fondo y queriéndome arrojar en él. Eran unos verdaderos animales, mi querido Sancho. Mas conseguí zafarme y ponerme a salvo.
―Con vuestra merced no pueden ni aun cien hombres ―asegura Sancho con admiración.
―Así es. Mas no me quedó otro remedio sino renunciar a mi verdadero amor y abandonar tales tierras para siempre.
Cervantes se vuelve a acercar cansado de escucharle y entra en escena:
―¡Ya basta! Vos siempre exageráis. Aquel tal pozo no era más que un pilón donde los asnos bebían y las mujeres lavaban sus vestimentas. Y diré más: en la época en que vos vivía ni tan siquiera existía. Y aquel cerro, ese del que habláis, se llama cerro San Gregorio, y en su cumbre tan solo hay una gran antena, no es ningún gigante con incontables brazos se lo aseguro. Y pare ya, que nadie se va a creer esto.
―Ya os he dicho que esta es mi historia y así aconteció como os la cuento ―(el Quijote amenaza con sus lanza a Cervantes que retrocede asustado).
Sancho panza trata de calmarlo.
―Tranquilo ―recoge la pluma y el papel del suelo―. Os recuerdo que la pluma y el pergamino los tengo yo y que ellos tienen más poder que vuestra lanza. Solo necesito escribir ―se pone a escribir―. “Sancho le quita la lanza y se la da al público, en su lugar le coloca una rosa en su mano” ―Todo eso pasa y sigue la escena―. Ve. Solo tengo que escribirlo para que suceda.
Don Quijote mira con asombro la rosa por la que ha
sido sustituida su lanza.―¿Por qué me censuráis? ―le pregunta a Cervantes.
―No intento censuraros. Mas, al contrario, os he dejado que contéis vuestro romance.
―¿Y por qué nunca lo añadisteis a la novela?
―Paréceme que las fechas no concuerdan muy bien. Además, ¿no os parece mi novela ya bastante extensa?
―Sí, sí que lo es.
―Algo se pasó vuestra merced. Yo ni siquiera la he leído, no me da lugar con tanta labor en el campo… ―también contesta Sancho.
Parece que el Quijote entra en razón y se calma caminando observando a la gente.
―¿Ya está su merced satisfecho? ―le pregunta Cervantes.
Descontento, Don Quijote camina mirando al público.
―No ―contesta al fin―. Se me figura una duda en la sesera.
―Contadme ―responde Cervantes con desdén.
―Antes de llegar a este lugar, he estado dando una vuelta por las afueras.
―No será esta otra historieta de su fabricada imaginación.
―No. Es real. Caminaba por las afueras y he pasado por el instituto sabe.
―Ahh ¿vos sabéis que es un instituto? ―pregunta Cervantes.
―Ciertamente lo sé ―contesta ofendido.
―Yo no lo sé ―replica Sancho.
―Es el lugar donde mozos estudian.
―Muy bien. Y mozas también ―apunta Cervantes.
―Mas ese no es el caso.
―¿Qué os sucede?
―En su fachada pone el nombre. ¿Sabe vos, vuestra merced, cuál es?
―A decir verdad, no.
―¿Se lo decís vosotros? ―el Quijote pregunta al público.
IES San Blas
Cervantes escucha a la gente y les vuelve a preguntar.
El Quijote enfadado.
―¿Ve? Ahí habría de estar mi nombre, o en el peor de los casos, el vuestro; no de aquel tal Blas. ¿Qué ha hecho ese Blas por este pueblo?
Cervantes asiente afirmando.
―Le puedo yo asegurar que San Blas es un santo muy conocido por estos lugares. No critique sin conocimiento que se puede meter en un buen lío.
―Y hace muy buenas roscas ―apunta Sancho Panza.
Los dos le miran raro.
―¿Roscas? ―le preguntan.
―Sí, eso sí lo sé ―contesta de nuevo Sancho Panza―. Las roscas de San Blas. Harina de trigo, masa de pan, anís y un poquito de sal. Riquísimas
―Ve. Además, es una festividad de gran importancia. Todo el pueblo se baja a pasar el día la campo y entiendo que por ello le pusieron su nombre a tal edificio.
―Pues no me parece bien ―contesta Don Quijote.
―Mas no puede vuestra merced estar siempre mal aireado.
―Vamos hablar con el dueño de ese lugar y que lo
cambien ―dice el Quijote.
―Id vos si quiere, yo no voy a ningún sitio ―contesta Cervantes.
―Pues iré solo. Venga, póngame en marcha ―da varios pasos y se para ―Sancho ¿me acompaña?
―Con vos, a donde mandéis.
El Quijote pide su lanza al público:
―Dadme mi lanza, que vamos a arreglar este asunto.
Cervantes coge de nuevo el papel y comienza a escribir: “Y Don Quijote y Sancho panza iniciaron su caminar hacia el instituto dejando a Cervantes tranquilo de una vez”.
―Oíd, Cervantes. Una última cuestión.
―¿¡Qué!?
―¿No podéis devolvernos a mi buen caballo, Rocinante y al burro de Sancho, Rucio…? Para no caminar a pie.
Tras una pausa que refleja cansancio responde:
―Lo siento, los defensores de los animales se quejarían y conviene andar, que muy bien viene al cuerpo. Y ahora marchad. ¡Venga! ¡Que esta gente tiene más cosas que hacer!
El elenco
Autor: Ricardo
Martin
Personajes:
Miguel de Cervantes: Ricardo Martín
Don Quijote: Daniel Albarrán
Sancho Panza: Carlos Caro
Dirección: Ricardo
Martín
Ayudante de Dirección: Francisco García
Coordinador teatro itinerante: Francisco García
Así se representó:




















































