Mi primer contacto con el teatro debía ser de finales de los 50, podría tener 7, 8 años. En la plaza del pueblo se representaban obras de teatro representadas por compañías ambulantes de actores, llevábamos nuestras sillas desde casa. Recuerdo vivir los personajes como reales, a veces incluso yo era uno de ellos. Obras como “Ama Rosa”, “Romeo y Julieta”, y muchas más que no recuerdo.
Aún hoy, cuando cierro los ojos, puedo oír el rumor de aquella plaza.
El murmullo del público antes de empezar, las sillas de espadaña que crujían sobre el empedrado, los niños que corrían entre las piernas de los mayores… y de pronto, el silencio. Un silencio de respeto y de magia. Bastaba que se alzara una voz desde el escenario improvisado para que todos quedáramos hipnotizados.
A veces el viento movía las telas del decorado y el farol de gasóleo lanzaba sombras extrañas sobre los rostros. Pero nadie veía los defectos: todos creíamos en lo que ocurría allí, porque el teatro tiene ese don, el de transformar cualquier rincón en un mundo distinto.
Yo regresaba a casa con la cabeza llena de frases, de gestos, de emociones. No lo sabía entonces, pero cada función era una pequeña lección sobre la vida.
El teatro me enseñó, antes que los libros, lo que es la tristeza, el amor, la injusticia o la esperanza.
Estaba en mis comienzos del bachillerato y al cumplir los 12 años, tuve que examinarme de ingreso y primero de bachillerato y para eso nos trasladábamos a Madrid, esta fue mi otra experiencia con el teatro.
Estaba viviendo en casa de una tía de mi madre, casualmente su marido trabajaba en el Teatro Eslava de Madrid, y me llevaron a ver la obra de “Las salvajes de San Gil”, de José Martin Recuerda y director de la puesta en escena era Luis Escobar, dos de las personas más prestigiosas del teatro, en aquellos momentos. A entrar allí sentí que entraba en una catedral.
No estaba sentado en el patio de butacas, estaba arriba, detrás de unas cortinas por la que me asomaba. La emoción me sobrepasaba. Las actrices lloraban, gritaban, se rebelaban contra su destino, y yo, escondido tras las cortinas, temblaba con ellas.
Aquel día comprendí que el teatro no se mira: se vive.
Era el principio de los años setenta. En aquella época, representar determinadas obras o autores resultaba muy complicado. La censura aún pesaba sobre los escenarios, y no todo lo que se escribía podía decirse en voz alta. Aun así, el deseo de hacer teatro, de contar historias y de reunir a la gente en torno a un escenario, era más fuerte que cualquier prohibición.
Unos años antes había participado en el montaje de Sublime decisión, de Miguel Mihura. Era una obra amable, como casi todas las que podían representarse en aquellos años. El humor blanco y las situaciones cotidianas eran el refugio de los grupos de teatro aficionados, que intentaban esquivar la censura sin perder la ilusión de hacer reír y emocionar al público.
Vivía entonces en Madrid, una ciudad que respiraba teatro en cada esquina. Aprendí que existía un sitio muy pequeño y oscuro en la Plaza del Carmen en Madrid que vendían entradas de CLA, significaba de comprabas la entrada muy barata en sitio preferente donde te daban un papel escrito a mano donde te decía ponía en que momentos de la obra tenías que aplaudir, me hice cliente asiduo. Aprovechaba cualquier ocasión para asistir a una función; había días en que llegaba a ver dos representaciones distintas. Aquellos escenarios eran mi escuela y mi refugio. Aprendía observando, escuchando los matices de los actores, el ritmo de los diálogos, el silencio del público cuando algo les conmovía. Adoraba Madrid, muy importante para mi pasar desapercibido. Además del teatro, estaba al día de la música, lo poco que solía ahorrar me lo gastaba en singles.
Ninguno de los que formábamos aquel grupo había hecho teatro antes. Creo que fue uno de los ensayos más divertidos que recuerdo. Nos llevó un mes de ensayo para prepararlo y, por fin, decidimos representar la obra. Yo no tenía ninguna convicción ¡Qué desastre! Se oía más al apuntador que a los actores. Menos mal que el protagonista, Juan Antonio —al que todos llamábamos “Chule”—, hacía de torero y, aunque era el que peor se sabía el texto, se llevó el mayor aplauso. Inventó medio guion, pero el público y los demás actores no podían dejar de reír.
Un señor vestido de violeta de Miguel Mihura:
Él se vino arriba, yo me moría de vergüenza, y la peor parte se la llevó la actriz principal, que se sabía la obra al dedillo y terminó indignada. Aun así, aquella primera experiencia nos sirvió para reírnos durante meses. Y, sin saberlo, fue el comienzo de algo mucho más grande.
A partir de ahí, desde 1972 hasta 1976, representamos varias obras. Muchos de los títulos los he olvidado con el tiempo, pero recuerdo algunos con especial cariño: El abuelo Curro, Madre Alegría, Don Armando Gresca, Soy un sinvergüenza, Bonaparte quiere vivir tranquilo, La ciudad no es para mí y La tercera palabra, entre otros.
El abuelo Curro de Guillermo Fernández Mir:
Fueron años de mucho entusiasmo y trabajo. Cada montaje era una aventura: los ensayos, los decorados improvisados, los trajes prestados… pero también la ilusión de ver el teatro lleno y escuchar las risas del público.
Quedó en proyecto Bodas de sangre. Queríamos hacer un montaje distinto, con música y representando algunas escenas entre el público. Incluso llegamos a ensayar, pero al final no cuajó. Fue el proyecto en el que tenía puestas más ilusiones.
Federico García Lorca era —y sigue siendo— uno de mis autores favoritos. Su forma de entender el teatro, la poesía y la emoción humana me marcó profundamente. Siempre me quedó la espina de no haber llevado aquella obra a escena.
Tras aquella etapa llegó un parón de cinco años. Pero el teatro, como la vida, siempre encuentra su momento para volver.
Era el año 1983, y en España se había restablecido la democracia después más de 40 años. Después de haber vivido los Carnavales de Madrid, en los que yo participaba, los anime a intentar restablecer los Carnavales en Añover. ¡BINGO! .La gente entusiasmada, de alguna forma revolucionamos al pueblo con nuestras ideas nuevas, no quisiera llamarlas revolucionarias.
Carnavales del 83:
El grupo tuvimos antes, apenas quedaban miembros, ya todos trabajaban, entonces contacté con Gregoria Garcia, conocida como Goyi, persona conocida y querida por el pueblo y abierta a desarrollar nuevas ideas. Le comente las ideas que tenía y enseguida se puso a trabajar y buscar gente para el grupo
Nos organizamos un mes antes, organizamos una o dos carrozas, hablamos nos los bares y discoteca de Añover para organizar un evento en cada uno de los locales. Surgieron muchas ideas algunas disparatadas.
Un ejemplo: La Canción de Pedro Almodóvar “Quiero ser mama” cantándola en playbak, vestidos de monjas, Fernando Escribano, Santi Blanco, y yo, Paco Garcia.
Otros vestidos de Cantantes famosos, cantando también, Alaska, Rafael, Roció Jurado, etc.
Nos reunimos como 200 o 300 personas ese primer año, se preparó para el sábado de Carnaval un desfile y una carroza, todo pagado con una rifa de hicimos y algo de dinero que pusimos en resto y hubo muchas hombres y mujeres disfrazados.
El domingo, el entierro de la sardina, es primer año, con una peculiaridad, todos de luto, hombres con disfraz de mujer y mujeres con disfraz de hombre. Todo el mundo así lo hizo. Lo pasamos realmente bien toda esa semana.
Añover, hoy, tiene uno de los Carnavales más alegres, colorido y divertido de la Zona. Este primer carnaval lo hicimos sin ninguna ayuda. Hablamos con las discotecas y Pubs de Añover y montamos fiesta un cada uno de los Pub y discotecas. Exitazo.
Mi pretensión era que el grupo aumentara, atraer a más gente al grupo. Gente de todas la edades y culturas, que siguiera unido plantear nuevas actividades, charlas, lectura de libros, crear una Revista que hablase de Añover y hablar de sus inquietudes y problemas. Entrevistamos al sacerdote, alcalde, alguna personalidad del pueblo. Hablamos de temas como, aborto, separación del matrimonio, homosexualidad, temas que eran tabú en aquellos años.
La segunda fase era Crear una Asociación. Año 1985, pensamos en un nombre futurista, SIGLO XXII, a todos nos pareció bien ese nombre.
Lo que perseguía era hacer teatro, era mi gran ilusión.
Tenía un plan, hacer una obra conocida y donde se necesitaran muchos actores. Que mejor que una zarzuela y "La rosa del azafrán" era la que escogí, por estar muy ligada a La Mancha.
Nos organizamos un mes antes, organizamos una o dos carrozas, hablamos nos los bares y discoteca de Añover para organizar un evento en cada uno de los locales. Surgieron muchas ideas algunas disparatadas.
Un ejemplo: La Canción de Pedro Almodóvar “Quiero ser mama” cantándola en playbak, vestidos de monjas, Fernando Escribano, Santi Blanco, y yo, Paco Garcia.
Otros vestidos de Cantantes famosos, cantando también, Alaska, Rafael, Roció Jurado, etc.
Nos reunimos como 200 o 300 personas ese primer año, se preparó para el sábado de Carnaval un desfile y una carroza, todo pagado con una rifa de hicimos y algo de dinero que pusimos en resto y hubo muchas hombres y mujeres disfrazados.
El domingo, el entierro de la sardina, es primer año, con una peculiaridad, todos de luto, hombres con disfraz de mujer y mujeres con disfraz de hombre. Todo el mundo así lo hizo. Lo pasamos realmente bien toda esa semana.
Añover, hoy, tiene uno de los Carnavales más alegres, colorido y divertido de la Zona. Este primer carnaval lo hicimos sin ninguna ayuda. Hablamos con las discotecas y Pubs de Añover y montamos fiesta un cada uno de los Pub y discotecas. Exitazo.
Mi pretensión era que el grupo aumentara, atraer a más gente al grupo. Gente de todas la edades y culturas, que siguiera unido plantear nuevas actividades, charlas, lectura de libros, crear una Revista que hablase de Añover y hablar de sus inquietudes y problemas. Entrevistamos al sacerdote, alcalde, alguna personalidad del pueblo. Hablamos de temas como, aborto, separación del matrimonio, homosexualidad, temas que eran tabú en aquellos años.
La segunda fase era Crear una Asociación. Año 1985, pensamos en un nombre futurista, SIGLO XXII, a todos nos pareció bien ese nombre.
Lo que perseguía era hacer teatro, era mi gran ilusión.
Tenía un plan, hacer una obra conocida y donde se necesitaran muchos actores. Que mejor que una zarzuela y "La rosa del azafrán" era la que escogí, por estar muy ligada a La Mancha.
La rosa del azafrán, adaptación de El perro del hortelano de Félix Lope de Vega con música de Jacinto Guerrero:
Así fue, participaron gente mayor, jóvenes y niños y niñas, la repetimos como 4 o 5 veces en el pueblo, incluso se representó en la Plaza de Toros. También fuimos a varios pueblos, después de esta obra, nos plateamos hacer alguna obra más social y con alguna problemática que estuviera a la orden del día en España. de mas actualidad. "Bajarse al Moro" fue la siguiente, el tema era la droga donde muchos jóvenes estaban muriendo por el caballo. La obra trata de los camellos que pasan cannabis y baja a marruecos a comprar, el tratamiento que el autor de la obra es muy condescendiente con el cannabis, lo cual cayó en el pueblo como una bomba sobre todo a los más mayores
Esta obra la representamos en Illescas, pueblo cercano, justo coincidió con una redada antidroga de la policía. Eso hizo que nos replanteáramos representarla o no. La representamos, hubo dos policías dentro del teatro durante toda la actuación.
Los espectadores que acudieron, sobre todo jóvenes, aplaudieron a rabiar. Después de esta nos atrevimos con "La estanquera de Vallecas", también tuvimos algún problema, pero teníamos experiencia de la anterior.
A mí siempre me gustó tratar temas delicados, hablar en el escenario de aquello que muchos preferían evitar.
Creía —y sigo creyendo— que el teatro debe atreverse a poner el dedo en la llaga, a mirar la realidad sin miedo y a hacer pensar al espectador.
Pero en aquellos años no era fácil, muchas veces no encontraba aceptación en parte del público; algunos se sentían incómodos o incluso molestos al ver reflejados en escena asuntos que consideraban inapropiados o “demasiado modernos”.
Soy un sinvergüenza de Pedro
Aun así, nunca quise renunciar a esa forma de hacer teatro.
Porque, aunque a veces el público no aplaudiera tanto, sabía que la semilla quedaba plantada. Y eso, para mí, siempre valió la pena.
Después de aquellos años intensos, llegó otra pausa.
El trabajo, la vida personal y el paso del tiempo fueron dejando menos espacio para los ensayos y los escenarios.
Pero el teatro nunca se fue del todo.
Permaneció en la memoria, en los amigos, en las conversaciones y en el corazón.
Sé que, en otro momento, volveremos a hablar de esta segunda parte. Porque las historias que se viven sobre un escenario… nunca se terminan del todo...
Francisco García Díaz, hijo de Añover.























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