En Añover de Tajo nadie sabía desde cuándo San Bartolomé era su patrón. Se sabía que hacía muchísimos siglos existía una ermita dedicada al Santo, tan antigua que cuando alguien escribió sobre ella, allá por 1483, ya dijo que era muy antigua. Había un manantial, una antiquísima cofradía y hasta una vieja estampa que hablaba de una imagen hallada milagrosamente.
Y hoy era 23 de agosto, Lucia sabia algo más: desde el verano anterior guardaba una vieja medalla que había pertenecido a su abuela: Había descubierto, que, algunas mañanas de agosto, aquella medalla le permitía ver cosas que los demás no veían.
En el patio de la casa de Lucía había un árbol de Júpiter (*). No era especialmente grande, pero Lucía lo conocía perfectamente. A finales de junio se llenaba de flores y, hacia finales de agosto, solía regalar una segunda floración. La tarde del día 23 había estado junto a él, tenía algunas flores fucsias, bonitas, pero nada extraordinario. A la mañana siguiente, Lucía se levantó temprano .Era 24 de agosto San Bartolomé, salió al patio dispuesta a marcharse a la Diana. Y se quedó inmóvil. El árbol de Júpiter había explotado en flores. Cientos de racimos fucsias cubrían sus ramas, Lucía nunca lo había visto tan hermoso Nunca.
—Pero anoche tú no estabas así... —susurró.
Se acercó, entonces sintió calor sobre el pecho, la medalla. La sacó de debajo de la camiseta. ¡¡¡Brillaba!!!
Lucía la miró. Después miró el árbol. Y en aquel preciso instante sonó el primero de los cohetes, unos segundos después el segundo y después el tercero
Desde la plaza comenzó a escucharse la música.
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| La diana en Añover de Tajo, años 20 |
Lucía vio a un abuelo abrazado a su nieto mientras los dos cantaban. Dos generaciones completamente distintas se encontraron en mitad de la calle y continuaron juntas detrás de la música. Nadie preguntaba quién había nacido en Añover y quién había llegado después. Tampoco importaba. Durante aquellos días todos compartían algo. San Bartolomé estaba entre ellos.
Había dejado su ermita para regresar al pueblo y celebrar con su gente la fiesta grande del año. Y Añover había respondido a su llamada.
Entonces la medalla volvió a calentarse. Lucía miró al abuelo que bailaba abrazado a su nieto.
Y ocurrió.
Durante apenas un segundo, el anciano desapareció, en su lugar había un muchacho de diecisiete o dieciocho años, corría por aquellas mismas calles con otros jóvenes. Las casas eran diferentes, la ropa también. Pero celebraban San Bartolomé. Lucía parpadeó.
El abuelo estaba otra vez allí. Abrazado a su nieto. La medalla volvió a calentarse.
Apareció Livia , bailando como si nunca se hubiera marchado y un grupo de muchachos hizo un corro alrededor y comenzaron a bailar con ella. Una mujer que bailaba cerca de ella se convirtió durante un instante en una niña que caminaba de la mano de su madre.
Un hombre que avanzaba despacio con un bastón apareció de pronto subido a hombros de su padre.
Lucía empezó a comprender.
Aquella mañana, entre los cientos de personas que llenaban las calles, también estaban todos los que aquellas personas habían sido.
El niño.
El joven.
El padre.
El abuelo.
Todos.
Pero la medalla siguió brillando. Y entonces Lucía vio mucho más atrás. Por un instante desapareció la música. Vio un camino. Una pequeña ermita. Gente acercándose a ella. Vio el agua de un manantial.
Mujeres, hombres y niños vestidos de una manera que solo había visto en los libros. Después otras personas, y otras. Generaciones y generaciones. No había charanga No había cientos de jóvenes bailando. No había Diana como Lucía la conocía. Pero había algo que permanecía.
San Bartolomé.
Unos iban a buscarlo. Otros lo acompañaban. Otros rezaban. Otros celebraban. Y todos, de una manera u otra, volvían a reunirse alrededor de él. La visión desapareció. La música regresó de golpe.
Lucía estaba otra vez en 2026.
Delante de ella, un grupo de jóvenes saltaba y cantaba. Un abuelo seguía abrazado a su nieto. Y Lucía comprendió algo.
Habían cambiado las casas.
Había cambiado la ropa.
Había cambiado la música.
Habían cambiado las personas.
Pero generación tras generación, San Bartolomé seguía regresando a encontrarse con su pueblo. Lucía pensó entonces en quienes ya no estaban. En aquellos que durante tantos años habían esperado la llegada del Santo y que ahora solo permanecían en la memoria de alguien.
Quizá por eso, durante las fiestas, los mayores contaban tantas historias.
—Aquí veníamos cuando éramos jóvenes.
—Aquí bailábamos.
—Aquí conocí a tu abuela.
—Tu padre hacía exactamente lo mismo que tú.
Lucía miró a su alrededor. Tal vez San Bartolomé tuviera también ese extraño poder.
Durante unos días hacía que Añover recordara, pero no eran recuerdos tristes, todo lo contrario. Eran recuerdos que bailaban. La Diana continuó recorriendo las calles. Los jóvenes cantaban. Los mayores intentaban seguirles el ritmo.
Los niños miraban. Y quizá, sin saberlo, empezaban aquella mañana a guardar los recuerdos que contarían muchos años después.
Lucía volvió a mirar al abuelo y al nieto. Ya no necesitaba que la medalla brillara. Los veía perfectamente. Uno estaba empezando a llenar su vida de recuerdos. El otro llevaba más de setenta años guardándolos. Y aquella mañana estaban creando uno nuevo juntos.
Horas después, Lucía regresó a casa. La música todavía se escuchaba a lo lejos. Entró en el patio. El árbol de Júpiter seguía completamente cubierto de flores fucsias. Se acercó despacio. Ahora creyó entenderlo.
Cada año el árbol perdía sus flores. Y cada año nacían otras. Nunca eran las mismas. Pero el árbol permanecía.
Como Añover, como sus gentes. Unos llegaban, otros se marchaban. Los niños se convertían en jóvenes. Los jóvenes en padres. Los padres en abuelos. Y cada generación volvía a florecer alrededor de una tradición que había recibido de la anterior. Lucía recogió del suelo una pequeña flor fucsia.
Entonces apareció su abuela.
—¿Qué guardas?
Lucía abrió la mano.
—Una flor del árbol de Júpiter.
La abuela miró hacia el árbol.
—Está precioso. No recuerdo haberlo visto nunca con tantas flores.
Lucía sonrió.
—Anoche no estaba así —Será cosa de la naturaleza.
Lucía miró su medalla.
Ya no brillaba. —Sí, abuela —respondió—. Será eso.
Antes de entrar en casa, Lucía volvió la mirada hacia el pueblo. San Bartolomé permanecería allí durante unos días. Habría música, procesiones, encuentros, abrazos. Familias que volverían a reunirse. Amigos que quizá llevaban meses sin verse. Jóvenes que alargarían la noche hasta convertirla en mañana. Y mayores que, durante unos instantes, volverían a sentirse como aquellos muchachos que fueron.
Después terminaría la Función.
San Bartolomé regresaría a su ermita.
Añover volvería poco a poco a la normalidad. Y habría que esperar otro año. Lucía guardó la flor junto a la medalla. Quizá nunca descubriría desde qué año San Bartolomé era patrón de Añover. Ya no le importaba. Había comprendido que algunas cosas no necesitan una fecha. Necesitan que alguien las recuerde. Que alguien las cuente. Y que, cuando llegue el momento, alguien vuelva a celebrarlas.
El próximo 24 de agosto volverían a sonar los cohetes. La Diana volvería a llamar. Las puertas volverían a abrirse. Y otra generación de añoveranos saldrá a las calles.
Porque, como llevaba sucediendo desde hacía tantos años que nadie podía recordarlo, San Bartolomé había vuelto a casa.
(*) Es un árbol o arbusto caducifolio que puede alcanzar unos 8 m de altura. Muy ramificado, forma una copa amplia y chata. La corteza, lisa y de color marrón medio (café), se desprende anualmente. Hojas ovales, opuestas, de color verde oscuro. Las hojas surgen en primavera de color cobrizo y en otoño adquieren matices amarillos y anaranjados. La inflorescencia es una panícula terminal de unos 9 cm de largo. Flores acampanadas con 6 pétalos de bordes rizados de color blanco, rosa o malva. Hay variedades púrpuras o rojas.
Añover volvería poco a poco a la normalidad. Y habría que esperar otro año. Lucía guardó la flor junto a la medalla. Quizá nunca descubriría desde qué año San Bartolomé era patrón de Añover. Ya no le importaba. Había comprendido que algunas cosas no necesitan una fecha. Necesitan que alguien las recuerde. Que alguien las cuente. Y que, cuando llegue el momento, alguien vuelva a celebrarlas.
El próximo 24 de agosto volverían a sonar los cohetes. La Diana volvería a llamar. Las puertas volverían a abrirse. Y otra generación de añoveranos saldrá a las calles.
Porque, como llevaba sucediendo desde hacía tantos años que nadie podía recordarlo, San Bartolomé había vuelto a casa.
Francisco García Díaz, hijo de Añover
(*) Es un árbol o arbusto caducifolio que puede alcanzar unos 8 m de altura. Muy ramificado, forma una copa amplia y chata. La corteza, lisa y de color marrón medio (café), se desprende anualmente. Hojas ovales, opuestas, de color verde oscuro. Las hojas surgen en primavera de color cobrizo y en otoño adquieren matices amarillos y anaranjados. La inflorescencia es una panícula terminal de unos 9 cm de largo. Flores acampanadas con 6 pétalos de bordes rizados de color blanco, rosa o malva. Hay variedades púrpuras o rojas.








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